Estudioso de manifestaciones etnográficas, pateador constante por las plazas de medio mundo, grabadora al canto, para sacar de entre las polvorientas alacenas, pequeñas/grandes maravillas. Con el tesón de quien reconstruye un azulejo abandonado en un derribo o cartografía un mundo por la música distante e inequívoca que guardan en sí las caracolas, Manuel Garrido Palacios se ha consagrado últimamente como uno de los narradores más originales del panorama español. Al margen de sus libros de estudio, en los que jamás ha descuidado un ápice el ángel de la escritura, y que a la postre le han servido para aquilatar un estilo tan propio como brillante, el autor ya había publicado un excelente libro de relatos que merece la pena leer y hasta releer: EL CLAN Y OTROS CUENTOS (Calima. Palma, 1998) guardaba una singular atención a la palabra oída , y en ella, como suele ocurrir siempre, al son, si se quiere mágico, de lo verdadero. Porque en MGP, como en Rulfo, a cuyo magisterio no es ajeno el onubense, encontramos el polvo turbio y enfebrecido de los caminos, la desfiguración de quien intuye tras los rostros el rostro calvo y sarmentoso de la muerte. Porque todos sus textos poseen la virtud de poder ser contados en voz alta, frente a la chimenea encendida, esa especie de numen cuya virtud es despertar lo oscuro y lo dormido, que, como ocurre con ciertos autores del otro lado del charco, transmiten todavía el peso de lo mágico.